Microrrelatos seleccionados 2016

Ganador:

«Lluvia» de Raúl Clavero Blázquez

─Va a llover ─dijo.
Y llovió. El acierto de la previsión aumentó las suspicacias de los vecinos, quienes siempre habían envidiado la perpetua bonanza de sus cosechas, y que la denunciaron de inmediato por brujería. Fue conducida al Tribunal de la Inquisición de Calahorra, juzgada sin defensa, y sentenciada, entre los gritos regocijados del público, a la hoguera. Durante un tiempo esperó el indulto o, al menos, cierta clemencia, y sólo admitió su destino camino ya de la ejecución. Atada al poste del cadalso pensó en cuanto dejaba atrás. Su esposo era joven y podría rehacer su vida, y su hijo era tan pequeño que no sentiría un dolor inmediato ante su ausencia, pero su campo, sin sus cuidados, se echaría irremisiblemente a perder. Miró al cielo, y entonces sonrió.
─¿Qué te divierte? ─preguntó el verdugo, prendiéndole fuego a las primeras ramas.
─Que va a llover ─dijo.
Y llovió.


Primera mención especial:

«Huir es de cobardes» de Mario Herreros Fernández

Carmen había agotado las lágrimas. Sus ojos ardían en un fuego avivado por ráfagas de dolor. Como ardía ya en la calle, junto a la puerta de casa, la ropa de su esposo. ¿Y ahora qué? Ahora debía salir después de mucho tiempo encerrada, estigmatizada, con una caña en la mano para que los demás huyeran de ella. ¡Qué ironía! ¿Cómo escapar de alguien en una Calahorra amurallada y, desde hace unos días, cerrada a cal y canto? ¿Quién podría hacerlo? El alcalde y sus acólitos lo habían hecho, naturalmente. No hay mayor descrédito que abandonar al pueblo al que se sirve y por el que ha sido elegido. Más pronto que tarde tendrían que regresar. Habían logrado huir de la peste, pero jamás conseguirían ponerse a cubierto del desprecio de sus vecinos.


Segunda mención especial:

«El duelo» de José Agustín Blanco Redondo

Un hoyo entre el esparto. Yasa introduce la urna con las cenizas de su padre para perder luego lo turbio de su mirada hacia el sur, hacia el alto del Perdiguero. El cierzo agita las mimbreras de la ribera del Cidacos mientras los presentes ruegan a los dioses por el espíritu del jefe guerrero, sólo desean clemencia durante su tránsito a las tinieblas del Inframundo. Yasa sostiene ahora el cuerpo de su madre, no sabe si podrá superar los achaques de la edad y de su recién estrenada condición de viuda. Caminan hacia el norte, hacia el poblado que se encarama al cerro Sorbán, hacia las defensas que los protegen de bandidos y montaraces. Habrá que cavar más fosos. También deberán coronar de más adobes la muralla que rodea sus hogares. Ayer se mostraron insuficientes. Ayer no pudieron proteger a su padre de aquella maldita flecha de metal.


Cuarto puesto:

«Mil pesetas» de Agustín Martínez

Calahorra, julio de 1898
Salió del ayuntamiento cuando daban las tres en la iglesia de Santiago. No sintió el bochorno de las canículas, no sintió nada… quizás un escalofrío: Cuba, infantería para Camagüey, le dijo el funcionario de quintas.
Carne de cañón, pensó.
Sus padres solo le tenían a él. Campesinos desmigando tormos en las fincas de la marquesa. Mísera vida, y ahora, su único hijo a Cuba.
─Qué tal Mariano? Llevas mala cara¡¡
─A Cuba, voy a Cuba.
─¿A Cuba? Venga hombre, no es para tanto¡¡ Sirves a la patria, un honor¡¡ Zumbando yanquis, cubanas…
─Mis padres, quedan solos… Me caso para el Pilar…
─¡ojalá pudiera ir yo, pero papá se empeñó en pagar las mil pesetas de la exención, ¡venga valiente, un año y a casa como un héroe!
Camagüey, 12 de octubre de 1898. Parte de fallecidos… Mariano. Mil pesetas.


Quinto puesto:

«La culpa» de Mª Antonia San Felipe Adán

Mirando sin ver, en la penumbra de la soledad, desde la distancia de su propio invierno recordó aquel 15 de noviembre de 1901. Julián no había aparecido por la fábrica, precisamente cuando preparaban un cargamento para New York. Tuvo un presentimiento. Comprobó que ella tampoco estaba con el resto de mujeres. Se indignó.
Llegó la policía.
─Don Cayetano, estaban en el Crucifijo. Muertos. Encontramos una pistola calibre doce y esta carta.
Al abrirla reconoció la letra de su hijo:
─Queremos permanecer juntos eternamente. Que no se culpe a nadie.
Pero la culpa prendió su alma. Él los había matado.
De espaldas al agente, observó a las peladoras de pimiento. Oyó el clamor que recorría la fábrica, todos lo sabían. Sintió un puñal en su pecho.
─¡Que no se sepa!
Nadie publicó la noticia. Durante años soportó el reproche de su conciencia. Tarea inútil, porque él anduvo muerto desde aquel día.


Sexto puesto:

«La espada de madera» de Mario Herreros Fernández

El trote de los caballos despertó a Carlitos. Raudo salió del jergón, apoyó con cuidado su espada de madera ─fabricada por el abuelo Tomás─ en el suelo, junto a una de las esquinas de la buhardilla, y se asomó al ventanuco. Un enorme pelotón de soldados franceses ocupaba la Plaza del Raso. Tras seguir las indicaciones de dos agricultores, se adentraron en la calle Santiago hasta desaparecer.
Durante la comida, tres uniformados, bayoneta en mano, irrumpieron en la casa reclamando la totalidad del vino en nombre del Rey José I. Todos se levantaron asustados. Carlitos echó a correr escaleras arriba mientras su padre reunía los cántaros. Poco después, uno de los franceses notó como alguien le pinchaba fuertemente en la parte inferior de la espalda.
─¡Fuera de aquí!
Los soldados se miraron incrédulos. El abuelo tomó asiento y, con cierto aire de satisfacción, llenó su jarra de vino.


Séptimo puesto:

«Piernas» de Candelas López López

Doña Carmen Paracuellos, Doña Marina, Doña Feli… Todas doñas como correspondía al respeto y jerarquía impuesta, y todas con faldas largas, que jamás dejaban ver piel ni pecados. Tampoco nosotras vestíamos telas que no tapasen moratones de espinillas. Finales de los cincuenta: Tiempos grises, sin color, con calles empedradas a veces, de barro las más.
Pero un día llego ella; falda tubo hasta las rodillas, medias de cristal con costura, tacones y, sobre todo, decisión al andar. Alegraba el barrio y a nosotras, sus alumnas, que veíamos en sus piernas color, contraste con nuestro habitual gris. Y en esas piernas veíamos también que había un mundo para las mujeres, que podíamos decidir y andar, como ella, firmes y alegres.
La Calahorra de la época no trató bien a Marisol, pero ese caminar con falda de tubo nos enseñó más a todas nosotras que cualquier libro de filosofía.


Octavo puesto:

«Orgullo» de Ernesto Ortega

La rivalidad entre los hermanos venía de lejos, de cuando apenas levantaban unos palmos del suelo y corrían fuera de los muros de la ciudad, jugando a la guardia pretoriana para demostrar cuál de los dos era el más fuerte, el más rápido, el mejor. Luego, una vez en la legión, compitieron en fama y coraje, ganándose el respeto de generales y centuriones hasta que decidieron hacerse cristianos, lo que en estos tiempos de sangre y persecución sí que es toda una heroicidad, pero también una imprudencia que roza la locura. Ahora, de rodillas, a orillas del río Cidados, con las espadas de los que una vez fueron sus compañeros amenazando sus cabezas para exigirles que renuncien a su fe, se miran de reojo. Su orgullo se lo impide y ninguno quiere ceder, creyendo que, en el último momento, será el otro el que lo haga primero.


Noveno puesto:

«La cierva blanca» de Manuel Menéndez Miranda

Esta noche abandonaré Calagurris para siempre, aprovechando que el tuerto vuelve a estar borracho. Le echaré de menos, sé que me adora y sin duda es el mejor y más valiente soldado que ha existido, pero todo está perdido ya, aunque él no lo sepa. He visto miedo y codicia en los ojos de sus hombres. Roma nos ataca con el poder de su acero, al tiempo que su oro corrompe a los lugartenientes de Sertorio, es el fin. Los dioses del bosque mantenían una esperanza y por eso me enviaron con forma de cierva blanca para ser la suerte de Quinto, para transmitirle nuestra arcana sabiduría, pero la fuerza y codicia de Roma han sido más fuertes. Ya nada importa, hoy volveré a los bosques, me fundiré nuevamente con ellos y juntos despareceremos de la memoria de los hombres, cuando la sombra del águila nos alcance.


Décimo puesto:

«Habitando el tiempo» de Alberto Palacios Santos

Calahorra año 2016, un niño de ocho años juega en los jardines de la Glorieta del Ayuntamiento bajo la figura de Marco Fabio Quintiliano, de la tierra removida extrae una pequeña jarra de cerámica decorada con hojas pintadas a mano.
En ese mismo lugar, sintiendo aún el tiempo como una brisa, otro niño juega con esa misma jarra, es el año 43 de nuestra era y la ciudad romana donde habita es conocida como Calagurris Nassica Iulia.
Desde el otro lado de la plaza las dos madres de los dos niños los llaman a su lado, y los dos olvidan su jarrita sobre la tierra. Es verano, el pequeño Marco Fabio sonríe, tiene todo el tiempo por delante y su estatua, que aún no se ha tallado, sonríe también al jovencito calagurritano del siglo XXI.
El tiempo gira con sus propias leyes en el corazón de la vieja ciudad romana.